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miércoles, 9 de mayo de 2012

REVELAN INTERCAMBIO DE CARTAS ENTRE EL CONSEJO GENERAL DE LA FSSPX Y LOS OBISPOS WILLIAMSON, TISSIER Y DE GALARRETA

Nota: esta entrada tiene por fecha el 9 de mayo de 2012, pero téngase en cuenta que este blog se inició el día 14 de octubre de 2012.


CARTA AL CONSEJO GENERAL DE LA FRATERNIDAD SAN PIO X

El 7 de abril del 2012
Señor Superior General
Señor Primer Asistente
Señor Segundo Asistente
Desde hace algunos meses, como muchos lo saben, el Consejo general de la FSSPX considera seriamente las proposiciones romanas con vistas a un acuerdo práctico, siendo un hecho que las discusiones doctrinales del 2009 al 2011 han probado que un acuerdo doctrinal es imposible con la Roma actual. Por esta carta los tres obispos de la FSSPX que no forman parte del Consejo General desean hacerles saber, con todo el respeto que conviene, la unanimidad de su oposición formal a todo acuerdo semejante.
Por supuesto, de ambos lados de la división actual entre la Iglesia Conciliar y la FSSPX, muchos desean rehacer la unidad católica. Honor a esas personas tanto de una parte como de otra. Pero la realidad que todo lo domina, y ante la cual todos estos sinceros deseos deben ceder, es que desde el Vaticano II las autoridades oficiales de la Iglesia se han separado de la verdad católica y hoy en día ellas se muestran tan determinadas como siempre a permanecer fieles a la doctrina y práctica Conciliares. Las discusiones romanas, el preámbulo doctrinal y Asís III son luminosos ejemplos.
El problema planteado a los católicos por el concilio Vaticano II es profundo. En una conferencia que pareciera haber sido como el último testamento doctrinal de Monseñor Lefebvre, impartida a los sacerdotes de su Fraternidad en Ecône medio año antes de su muerte, después de haber resumido la historia del catolicismo liberal saliente de la Revolución francesa, recordó como los Papas combatieron siempre esta tentativa de reconciliación entre la Iglesia y el mundo moderno, y declaró que el combate de la Fraternidad contra el Vaticano II era exactamente el mismo combate. Concluyó:
«Entre más se analizan los documentos del Vaticano II y su interpretación por las autoridades de la Iglesia, más nos damos cuenta que no se trata de errores superficiales ni de algunos errores particulares como el ecumenismo, la libertad religiosa, la colegialidad, sino más bien de una perversión total del espíritu, de toda una filosofía nueva fundada sobre el subjetivismo… ¡Esto es muy grave! ¡Una perversión total!... Esto es verdaderamente aterrador»
Ahora bien, ¿el pensamiento de Benedicto XVI es mejor respecto a esto, comparado con el de Juan Pablo II? Basta leer el estudio de uno de nosotros sobre La Foi au Péril de la Raison para darse cuenta que el pensamiento del Papa actual está igualmente impregnado de subjetivismo. Es toda la fantasía subjetiva del hombre en el lugar de la realidad objetiva de Dios. Es toda la religión católica sometida al mundo moderno. ¿Cómo se puede creer que un acuerdo práctico pueda arreglar un problema semejante?
Pero, se nos dirá, Benedicto XVI es verdaderamente bondadoso hacia la Fraternidad y su doctrina. En tanto que subjetivista puede serlo, porque los liberales subjetivistas pueden tolerar incluso la verdad, pero no si ella se rehúsa a tolerar el error. Él nos aceptará en el marco de un pluralismo relativista y dialéctico, a condición de permanecer en la “plena comunión” respecto a la autoridad y hacia las otras “realidades eclesiales”. He aquí por qué las autoridades pueden tolerar que la Fraternidad continúe enseñando la doctrina católica, pero no soportarán absolutamente que ella condene la doctrina conciliar. He aquí por qué un acuerdo incluso puramente práctico haría necesaria y progresivamente callar, por parte de la Fraternidad, toda crítica del concilio o de la nueva misa. Dejando de atacar estas victorias que son las más importantes de la Revolución, la pobre Fraternidad cesaría necesariamente de oponerse a la apostasía universal de nuestra lamentable época y se enterraría a ella misma. En última instancia, ¿quién nos garantizará el permanecer tal como somos protegiéndonos de la curia romana y de los obispos? ¿El Papa Benedicto XVI?
Por más que se niegue, este deslizamiento es inevitable. ¿No se ven ya en la Fraternidad los síntomas de esta disminución en la confesión de la Fe? Hoy en día, desgraciadamente, es lo contrario que sería “anormal”. Justo antes de las Consagraciones de 1988 cuando numerosas personas valientes insistían ante Monseñor Lefebvre para que hiciera un acuerdo práctico con Roma ya que abriría un gran campo de apostolado, él dijo su pensamiento a los cuatro consagrandos: Un gran campo de apostolado puede ser, pero en la ambigüedad y siguiendo dos direcciones opuestas a la vez, lo que habría terminado pudriéndonos ¿Cómo obedecer y continuar predicando toda la verdad? ¿Cómo hacer un acuerdo sin que la Fraternidad se pudriera en la contradicción? 
Y cuando un año más tarde, Roma parecía hacer verdaderos gestos de benevolencia hacia la Tradición, Monseñor Lefebvre todavía desconfiaba. El temía que sólo se tratara de “maniobras para separar de nosotros el mayor número de fieles posible. He aquí la perspectiva por la cual parecen ceder todavía un poco más e incluso ir más lejos. Debemos absolutamente convencer a nuestras gentes que no se trata más que de una maniobra, que es peligroso ponerse entre las manos de los obispos conciliares y de la Roma modernista. Es el peligro más grande que amenaza a nuestra gente. Si nosotros luchamos desde hace 20 años para resistir a los errores conciliares, no fue para ponernos ahora entre las manos de aquellos que profesan errores”. Siguiendo a Monseñor Lefebvre, el propósito de la Fraternidad es, más que denunciar los errores por su nombre, el oponerse eficaz y públicamente a las autoridades romanas que los difunden. ¿Cómo se podría conciliar un acuerdo y una resistencia pública a las autoridades, entre ellas, el Papa? Y después de haber luchado durante más de cuarenta años, ¿la Fraternidad deberá ahora ponerse entre las manos de modernistas y liberales de los cuales acabamos de constatar su pertinacia?
Monseñor, Padres, tengan cuidado, ustedes conducen a la Fraternidad a un punto en el que no podrá dar marcha atrás, a una profunda división sin retorno y, si ustedes llegan a un tal acuerdo, a poderosas influencias destructivas que Ella no soportará. Si hasta el presente los obispos de la Fraternidad la han protegido, es precisamente porque Monseñor Lefebvre rechazó un acuerdo práctico. Puesto que la situación no ha cambiado substancialmente; puesto que la condición emitida por el Capítulo del 2006 no se ha realizado (cambio doctrinal de Roma que permita un acuerdo práctico), escuchen a su Fundador. Él tuvo razón hace 25 años. Sigue teniendo razón hoy. En su nombre, los conjuramos: no comprometan a la Fraternidad en un acuerdo puramente práctico. 
Con nuestros saludos más cordiales y fraternales, en Cristo y María,
Mons. Alfonso de Galarreta
Mons. Bernard Tissier de Mallerais
Mons. Richard Williamson
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RESPUESTA DE MENZINGEN A LOS TRES OBISPOS


Menzingen, 14 de abril de 2012

A NN.SS. Tissier de Mallerais, Williamson y De Galarreta

Excelencias,

Su carta colectiva enviada a los miembros del Consejo general ha retenido toda nuestra atención. Les agradecemos su solicitud y su caridad.

Permítanos a cambio con la misma preocupación de caridad y de justicia, hacerles las siguientes observaciones.

Por principio, la carta menciona muy bien la gravedad de la crisis que sacude la Iglesia y analiza de manera precisa la naturaleza de los errores que proliferan en su ambiente. Sin embargo, la descripción está salpicada de dos defectos en relación a la realidad de la Iglesia: carece de lo sobrenatural y al mismo tiempo carece de realismo.

Carece de lo sobrenatural: Al leerlos, uno se pregunta seriamente si ustedes creen todavía que esta Iglesia visible cuyo asiento está en Roma, es la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, una Iglesia que ciertamente está desfigurada horriblemente a planta pedís usque ad verticem capitis, pero una Iglesia que tiene cuando menos todavía por jefe a Nuestro Señor Jesucristo. Se tiene la impresión que ustedes están tan escandalizados que ya no aceptan que esto todavía pudiera ser verdad. Para ustedes Benedicto XVI ¿es Papa legítimo? Si lo es, ¿Jesucristo puede todavía hablar por su boca? Si el Papa expresa una voluntad legítima respecto a nosotros que es buena, que no da una orden en contra de los mandamientos de Dios ¿tenemos el derecho de desatenderlo, de dar un manotazo a esta voluntad? Y si no ¿en qué principio se basan para actuar de este modo? ¿No creen ustedes que si Nuestro Señor lo ordena Él nos dará los medios para continuar nuestra obra? Ahora bien, el Papa nos ha hecho saber que la preocupación de arreglar nuestro asunto por el bien de la Iglesia estaba en el corazón mismo de su pontificado, y también que él sabía bien que sería más fácil tanto para él como para nosotros de dejar las cosas como están.  Por lo tanto, es una voluntad determinada y justa la que expresa.

Con la actitud que ustedes preconizan no hay lugar ni para los Gedeón ni para los David ni para aquellos que cuentan con el socorro del Señor.  Nos reprochan de ser ingenuos o de tener miedo, pero es su visión de la Iglesia la que es demasiado humana e incluso fatalista. Ustedes ven los peligros, los complots, las dificultades, pero no ven la asistencia de la Gracia y del Espíritu Santo. Si se quiere aceptar que la Divina Providencia conduce los asuntos de los hombres, respetando su libertad, entonces hay que aceptar que los gestos de estos últimos años a nuestro favor están bajo Su gobierno. No obstante, indican una línea –no muy derecha- pero claramente a favor de la tradición. ¿Por qué simplemente ella se detendría si hacemos todo por conservar nuestra fidelidad y acompañamos nuestros esfuerzos con no pocas oraciones? ¿El Buen Dios nos dejaría caer en el momento más crucial? Eso no tiene mucho sentido. Sobretodo que no tratamos de imponer una voluntad propia cualquiera, sino que tratamos de escrutar a través de los acontecimientos lo que Dios quiere, estando dispuestos a todo, como a Él le plazca.

Al mismo tiempo carece de realismo en cuanto a la intensidad de los errores y en cuanto a su amplitud.

Intensidad: En la Fraternidad estamos haciendo de errores del Concilio súper-herejías, se ha vuelto como el mal absoluto, peor que todo, de la misma manera en que los liberales han dogmatizado este concilio pastoral. Los males ya son lo suficientemente dramáticos para que no se les exagere más. (cf. Roberto de Mattei Una historia jamás escrita pág. 22, Monseñor Gherardini Un debate a abrir pág. 53, etc.). Monseñor Lefebvre hizo varias veces las distinciones necesarias con respecto al liberal. Esta falta de distinción conduce a uno u otro de entre ustedes a un endurecimiento “absoluto”. Esto es grave porque esta caricatura ya no está en la realidad y desembocará lógicamente en el futuro en un verdadero cisma. Este hecho es uno de los argumentos que me empuja a no tardar en responder a las instancias romanas.

Amplitud: Por un lado, se hace endosar a las autoridades presentes todos los errores y todos los males que se encuentran en la Iglesia, olvidando que ellas intentan al menos en parte liberarse de los más graves (la condenación de la “hermenéutica de la ruptura” denuncia errores muy reales). Por otra parte, se pretende que TODOS están arraigados en esta pertinacia (“todos modernistas” “todos podridos”) Esto es manifiestamente falso. Una gran mayoría están inmersos en el movimiento, pero no todos.

Hasta el punto que, en la cuestión más crucial de todas, la de la posibilidad de sobrevivir en las condiciones de un reconocimiento de la Fraternidad por Roma, nosotros no llegamos a la misma conclusión que ustedes.

Nótese de paso que NOSOTROS NO HEMOS BUSCADO un acuerdo práctico. Eso es falso. No hemos rechazado a priori, como ustedes lo piden, el considerar la oferta del Papa. Por el bien común de la Fraternidad, preferiríamos de lejos la solución actual de status quo intermedio, pero evidentemente Roma ya no lo tolera.

En sí, la solución de una Prelatura personal propuesta no es una trampa. Resulta, por principio, que la situación presente en abril del 2012 es muy diferente de la de 1988. Pretender que nada ha cambiado es un error histórico. Los mismos males hacen sufrir a la Iglesia, las consecuencias son todavía más graves y manifiestas que entonces, pero al mismo tiempo se puede constatar un cambio de actitud en la Iglesia, ayudado por los actos y los gestos de Benedicto XVI hacia la Tradición. Este nuevo movimiento, nacido al menos hace unos diez años, se está fortaleciendo. Toca a un buen número (todavía una minoría) de jóvenes sacerdotes, de seminaristas e incluso hasta un pequeño número de jóvenes obispos que se distinguen notablemente de sus predecesores y que nos expresan su simpatía y su apoyo pero que todavía están sofocados por la línea dominante en la jerarquía que favorece el Concilio Vaticano II. Esta jerarquía está perdiendo vitalidad. Esto es objetivo y muestra que ya no es ilusorio considerar un combate “intra muros” de cuya dureza y dificultad estamos muy conscientes.  He podido constatar en Roma cómo los discursos sobre las glorias del Vaticano II que nos van a repetir y repetir, si bien están todavía en la boca de muchos, no está sin embargo en todas las cabezas. Cada vez menos creen en éste.

Esta situación concreta, con la situación canónica que se propone, es muy diferente a la de 1988. Y cuando comparamos los argumentos que Monseñor Lefebvre había dado en su época, concluimos que no hubiera dudado a aceptar lo que nos han propuesto. No perdamos el sentido de Iglesia que era tan fuerte en nuestro venerable fundador.

La historia de la Iglesia muestra que la curación de los males que la afligen, habitualmente se hace lenta y gradualmente, y cuando un problema se termina, hay otro que comienza oportet haereses ese. Pretender esperar a que todo se arregle para llegar a lo que ustedes llaman un acuerdo práctico, no es realista. Es muy probable, viendo cómo se desarrollan las cosas, que el fin de esta crisis tomará todavía decenas de años. Pero rehusar trabajar en el campo porque todavía haya mala hierba, la cual puede asfixiar, estorbar la buena hierba, encuentra una curiosa lección bíblica; es Nuestro Señor que nos hace comprender por su parábola de la cizaña que siempre habrá, de una u otra forma, mala hierba a arrancar y combatir en su Iglesia.

Ustedes no pueden saber cómo su actitud en estos últimos meses –muy diferente en cada uno de ustedes- ha sido dura para nosotros. Ella ha impedido al superior general el comunicarles y hacerlos partícipes de sus grandes preocupaciones a las que los hubiera gustosamente asociado, si él no hubiera encontrado una incomprensión tan fuerte y apasionada. Cómo le hubiera gustado poder contar con ustedes, con sus consejos, para apoyarse en este paso tan delicado de nuestra historia. Ha sido una gran prueba, probablemente la más grande de todo su superiorato. Nuestro venerable fundador ha dado a los obispos de la Fraternidad una carga y deberes precisos. Les ha mostrado que el principio de unidad en nuestra sociedad, es el superior general. Pero desde hace tiempo, ustedes están tratando de imponerle su punto de vista –cada uno de manera diferente- incluso bajo formas de amenaza y además públicamente. Esta dialéctica entre verdad/ fe y autoridad, es contraria al principio sacerdotal. Al menos hubiera esperado que ustedes trataran de comprender lo que le ha obligado a actuar como lo ha hecho en los últimos años, según la voluntad de la Divina Providencia.

Oramos por cada uno de ustedes para que en este combate que está lejos de terminar, nos reencontremos todos juntos, por la mayor gloria de Dios y por amor a nuestra querida Fraternidad.

Que Nuestro Señor resucitado y Nuestra Señora se dignen bendecirlos y protegerlos.

+Bernard Fellay
Nicklaus Pfluger +
Alain-Marc Nély +

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ORIGINALES